Septiembre tiene algo de enero, pero con más calor y menos uvas.
Volvemos de las vacaciones con ganas de ordenar la casa, recuperar horarios, llenar la nevera de alimentos frescos y sentir que retomamos el control. Hasta aquí, todo bien. El problema aparece cuando a esa vuelta a la rutina le añadimos una misión extra: ponernos a dieta e hipercontroladores con lo que comemos.
Porque quizá hemos tomado más helados, hemos comido más veces fuera de casa, el aperitivo se ha alargado más de la cuenta o nuestros horarios han sido un caos. Y entonces llega septiembre y aparece esa voz…
“Ahora toca cuidarse”.
Que muchas veces significa, en realidad:
“Ahora toca comer poco, pasar hambre y perder cuanto antes el peso que creo que he ganado”.
Y así, sin darnos cuenta, empezamos el curso cargando con una doble mochila.
La primera mochila: volver a nuestros hábitos
Después de unas vacaciones es normal que tengamos la sensación de buscar estabilidad, rutina, orden y control.
Quizá queremos volver a cocinar más en casa, recuperar el consumo habitual de fruta y verdura, beber más agua, moderar el alcohol o dejar de convertir cada tarde en “hoy también estamos de vacaciones”. No hace falta negar que nuestros hábitos pueden haber cambiado. Las vacaciones son precisamente eso: un periodo diferente.
Pero mejorar nuestra alimentación no significa que tengamos que castigarla.
Podemos ir desplazando algunos alimentos menos saludables simplemente porque volvemos a incluir otros que nos ayudan a encontrarnos bien: una comida casera, una cena con vegetales, una pieza de fruta que vuelve a aparecer en el bolso, unas legumbres preparadas para varios días…
No hace falta declarar ilegal el helado ni despedirse del aperitivo con un minuto de silencio. Se trata de recuperar una frecuencia que encaje mejor en nuestra vida cotidiana.
Esa adaptación ya requiere energía, tiempo y organización. No es poco.
La segunda mochila: hacer dieta para “compensar”
Pero, además de recuperar hábitos, solemos exigirnos perder peso rápidamente.
Y entonces no solo queremos volver a comer más verduras, cocinar más y organizarnos mejor. También queremos hacerlo todo controlando cantidades, eliminando alimentos, evitando hidratos por la noche, rechazando planes y mirando con sospecha cualquier cosa que no parezca de dieta.
Es decir, nos ponemos dos trabajos a la vez:
- Cambiar de nuevo nuestra alimentación y nuestros horarios.
- Hacerlo desde la restricción, la vigilancia y la urgencia por adelgazar.
Ahí está la doble mochila.
Una ya pesa: volver al trabajo, llevar a los niños al colegio, encajar actividades, recuperar horarios, pensar comidas y conseguir que vuelva a haber algo decente en la nevera.
La otra la añadimos nosotros: comer menos de lo que necesitamos, perseguir resultados rápidos y sentir que cualquier imprevisto es un fracaso.
Y claro, a los pocos días estamos cansados, hambrientos y de mal humor. La dieta se rompe —porque las dietas restrictivas suelen ser difíciles de sostener— y aparece otra vez la culpabilidad.
Septiembre no es una sala de castigo
Haber comido de una forma diferente durante las vacaciones no genera una deuda que tengamos que pagar en septiembre.
No necesitamos compensar una paella con una cena triste. Ni saltarnos el desayuno porque ayer tomamos postre. Ni vivir una semana a base de ensaladas pequeñas para “limpiar” el organismo.
Nuestro cuerpo no funciona como una cuenta bancaria en la que cada helado deja números rojos.
Y nuestra alimentación tampoco se define por unas semanas concretas, sino por lo que hacemos de forma habitual a lo largo del tiempo.
Por eso, en lugar de preguntarnos: “¿Qué tengo que quitar para perder peso?”
Podemos empezar por otra pregunta mucho más útil: “¿Qué necesito organizar para comer bien en los días que tengo por delante?”
Este cambio parece pequeño, pero nos lleva a un lugar completamente diferente. Dejamos de pensar en castigo y empezamos a pensar en herramientas.
Tu cuerpo también tiene que volver a la rutina
Además, septiembre no siempre es esa postal de jersey fino, hojas secas y sopa caliente que nos venden. En muchos lugares seguimos teniendo temperaturas altas, dormimos peor, arrastramos el cansancio de los cambios de horarios y volvemos de golpe a jornadas mucho más exigentes.
También podemos pasar más horas despiertos o empezar el día mucho antes que durante las vacaciones. Y sí: es posible que necesitemos comer más de lo que habíamos imaginado al diseñar nuestra nueva “vida perfecta de septiembre”. O que nos venga bien hacer alguna ingesta entre horas para mantener la energía y llegar a la siguiente comida sin un hambre feroz.
Tomar algo a media mañana o a media tarde no significa que lo estemos haciendo mal. No existe ningún premio por aguantar hambre hasta la comida.
Si desayunas pronto y comes tarde, una fruta con un puñado de frutos secos, un yogur, una tostada, un pequeño bocadillo o cualquier opción que encaje contigo puede ayudarte a rendir y afrontar mejor el día.
No todas las personas necesitan hacer cinco comidas. Tampoco todas funcionan bien haciendo solo tres. La frecuencia debe adaptarse a tus horarios, tu apetito, tu actividad y tus necesidades; no a una regla rígida que has leído en internet.
En lugar de empezar una dieta, prueba a hacerte la vida más fácil
Antes de comprar productos “detox”, llenar la despensa de alimentos que no te gustan o prometer que el lunes serás otra persona, prueba a responder estas preguntas:
- ¿Qué días voy a llegar más tarde a casa?
- ¿Qué comidas necesito llevarme en táper?
- ¿Qué cenas puedo preparar en diez o quince minutos?
- ¿Qué alimentos me conviene tener siempre en el congelador?
- ¿Qué puedo cocinar una vez y aprovechar durante varios días?
- ¿Qué tentempiés puedo llevar conmigo si sé que voy a necesitarlos?
Puede que la solución no sea tener más fuerza de voluntad, sino tener unos huevos cocidos, verduras lavadas, legumbres preparadas, una crema de verduras, boniato o patata cocidos y alguna fuente de proteína lista para combinar.
Porque cuando llegamos a casa tarde, cansados y con hambre, no elegimos entre la cena ideal y la cena improvisada. Elegimos entre lo que tenemos disponible.
La organización no tiene el glamour de una dieta milagro. No promete perder varios kilos en dos semanas ni viene acompañada de una foto de antes y después. Pero tiene una ventaja bastante importante: funciona también cuando estamos cansados, tenemos poco tiempo o el día no ha salido como esperábamos.
El éxito está en los hábitos, no en hacerlo perfecto
El éxito no está en completar una semana impecable, pesar cada ración ni evitar para siempre los alimentos que nos gustan.
Está en construir unos hábitos suficientemente buenos y suficientemente flexibles como para poder mantenerlos en la vida real.
Así que este septiembre te propongo algo: dedica una cuarta parte del esfuerzo, el sacrificio y la energía mental que invertirías en hacer una dieta restrictiva a preparar un menú realista, hacer una lista de la compra, organizar tu semana y dejar listo un pequeño batchcooking.
Solo una cuarta parte.
El resto de esa energía guárdala para trabajar, cuidar, dormir, moverte, disfrutar y adaptarte a la vuelta. Que tampoco es poco.
Porque cuidarte no debería sentirse como cargar otra mochila. Debería ayudarte a que la que ya llevas pese un poquito menos.
Y si necesitas apoyo para organizarte, recuperar unos buenos hábitos, aprender a preparar platos completos o adaptar tu alimentación a tus horarios y necesidades, puedo ayudarte.
Soy Ana Amengual, dietista-nutricionista colegiada CODINUCAT nº 685, y realizo consulta nutricional presencial en Barcelona y también online.
Puedes contactar conmigo a través de:
- Web: anaamengual.com
- Instagram: @lanutriquerie
- Correo electrónico: info@anaamengual.com
- WhatsApp: 620 916 086
Este año, que septiembre empiece con organización, comida rica y hábitos que puedas mantener. Septiembre sin dietas.









